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Tomas | | Visto: 763

La Alumna del Curso. Albacete 7-7-2012

Pocos años, poco motor, pocos caballos, una moto pequeña. Por contra, mucha ilusión, muchas ganas, mucha perseverancia y sobre todo Pundonor.
Haciendo el camino de vuelta, con el cuerpo embarrado por un engrudo a base de sal y sudor, los ojos languideciendo pero con una inconmensurable satisfacción desbordándonos el ánimo, venía haciendo mentalmente una difícil elección para escribir este particular y ya tradicional apartado en nuestros cursos.
Tuve en mente hasta el último momento a la legión de asturianos, a los que agradezco desde este artículo, no sólo su impecable comportamiento sobre la pista, a pesar de venir, desde hace semanas, calentándose verbalmente unos a otros, sino de la natural y campechana simpatía desplegada por todos los boxes. Pero finalmente fue un valor, un pilar fundamental en la sicología y en el espíritu motociclista el que me decidió por el personaje del que hablamos a continuación.
Ese valor al que me refiero es el pundonor.

Sí, el año pasado destacamos a otra chica en este mismo artículo para el curso de Julio 2011, aunque por algunas razones un tanto diferentes. Hoy hablamos de Irene, pero no por su condición femenina –eso queda ya sólo para la corrección política del que quiera ponerla en práctica-, tampoco por su envidiable juventud, una juventud que resultaría insolente, si no fuera por lo que nos hemos acostumbrado a ver en las carreras y en todos los circuitos. No, hoy escribo sobre otra chica, hoy escribo sobre Irene para destacar sus ganas, su perseverancia, su imparable ilusión y sobre todo su Pundonor.

Ya había venido con nosotros al curso de mayo en Kotarr, acompañada de su padre, un asiduo, hasta resultar un clásico, de nuestras actividades. En aquella ocasión vino con una hondita naked de 125 y cuatro tiempos, una de las motos más urbanas que se pueden concebir. Esta experiencia, más que encantarla, la hechizó.

Para esta cita de Albacete no pudo acompañarla su padre, aunque estuvo inscrito hasta el último momento, y se presentó en la pista manchega con una nueva moto; una máquina más apropiada para sus claras inclinaciones deportivas, una auténtica moto de quemado: una Aprilia RS 125, con fibras y estriberas diseñadas para la pista.

Cloqué a Irene en mi grupo, sobre el papel, el más lento del curso, y desde el principio supe que sería un tanto complicado mantenerla al ritmo de sus compañeros, independientemente del nivel de cada uno y del de ella misma. Así fue, y desde la primera tanda pude ver a través de los retrovisores cómo Irene pasaba sus dificultades para mantenerse dentro de la formación sin abrir un corte o sin que éste, al menos, se hiciera irrecuperable incluso reduciendo la marcha en la recta. La cuestión es que su Aprilia 125, estrecha y ligera como ninguna, tiene un paso por curva tan fácil y rápido que no cabría ni soñando en ninguna de las otras motos que completaban el grupo; pero con un motor muy limitado de potencia y de utilización, por baja cilindrada; un motor complicado de conducir que hay llevar continuamente jugando con el cambio para mantenerlo muy revolucionado. La cuestión es que los compañeros de Irene tenían que frenar sus motos, incluso matar su inercia, al paso por las curvas más cerradas del trazado, reteniéndola inintencionadamente, precisamente en los tramos en los que ella tenía ventaja. Después, al asomarse a la salida de la curva, ellos no tenían más que abrir el gas de sus potentes motores para salir disparados hacia el siguiente viraje; en ese punto, como es fácil de imaginar, Irene se quedaba clavada y se veía obligada a realizar un desesperado esfuerzo para llegar a esa siguiente curva sin perder la rueda de su compañero anterior.

Así rodó las tandas que estuvo en mi grupo, pasando algún mal trago, como un par de paradas del motor que la dejaron apeada en medio del trazado, o incluso una salida de pista que terminó con un revolcón por la grava.
Sobre este revolcón, después de que Irene apareciera en el box con su mono rebozado de blanco como un pescado, un detalle en el que merece la pena detenerse a comentar.

En una de esas teóricas sobre la marcha y a pie de pista que los monitores impartíamos a la sombra de los boxes, expliqué a los de mi grupo que, si tenían un despiste o un problema por el que se salieran rectos del asfalto para entrar en la grava de la escapatoria, que dejaran correr la moto sin tocar los frenos y sin ponerse nerviosos, sin agarrotarse, mientras la capacidad de frenada de la puzolana les hacía perder la velocidad. Pero en el último momento, cuando la moto está a punto de pararse, les indicaba que dieran gas suavemente. Este recurso evita que finalmente la moto termine por hundirse en la grava con una caída muy lenta e inocente, pero también casi inevitable.

Uno de los alumnos, Javier, lo puso en práctica al salirse en El Garrote y le funcionó. Irene me confesó entre sonrisas que se le había olvidado.
Lo cierto es que nuestra destacada alumna aprovechó muy poco el curso durante esas tandas en las que estuvo rodando en mi grupo y dejé al resto de los alumnos entrar en las libres con las pertinentes advertencias sobre la recta y los adelantamientos, y también con una suficiente satisfacción; aunque era inevitable que me quedara un sabor agrio por esa cierta frustración con el caso de Irene; es como si, inconscientemente, hubiera tomado una pequeña parte del papel de su padre (al fin y al cabo tengo una hija un poco mayor que ella), que no pudo venir, y quisiera hacer algo porque aprendiera de verdad en una oportunidad única como la de este día. Así hablé con mi compañero Juan Pedro y le pedí que en las libres saliera con ella sola a la pista y le dedicara una especial atención para que se fuera a casa con una sonrisa y con esa misma ilusión cristalina con la que me saludó por la mañana al llegar al circuito.


Juan Pedro hizo un trabajo excelente –basta que le ponga un reto como éste para que se emplee y esmere hasta llegar a bordar y machacar- llevando a Irene durante una hora por la pista de La Torrecica. Así nuestra chica pudo por fin dejar correr su moto en el paso por curva, siguiendo la estela de la KTM de competición que pilotaba Juan Pedro, pero sobre todo comprobó cómo sólo algunas indicaciones de alguien que conoce bien su trabajo pueden ayudarte a hacer mucho más fácil, a veces de una forma insospechada, la conducción de tu moto en pista. Sirva de ejemplo, sin ir más lejos, la corrección de la posición de Irene sobre el asiento: Mientras rodó conmigo era más bien adelantada y mi compañero se encargó de corregirla, al trabajar con ella en exclusiva, hasta conseguir que la retrasara, que prácticamente se apoyara contra el colín para así tomar una referencia más clara apuntando desde más lejos entre los semimanillares y sobresaliendo menos la pierna al sacarla en la toma de cada viraje.

   Irene puso empeño, perseverancia y sobre todo pundonor, a pesar de las dificultades y el desánimo, para sacarle partido a una jornada de circuito, para aprender.

Cuando acabó la última tanda e Irene se detuvo en el pitlane, frente a su box, no pudo evitar dar un grito de alegría por tanto conseguido en tan poco tiempo.
Nos quedamos con ese grito espontáneo y juvenil. ¡Qué más podemos pedir!
Es la mejor recompensa para nuestro trabajo.

Tomás Pérez
Fotografía: Sergio Garrido